sábado, 16 de abril de 2022

El león de Caracas

Hay cosas que merecen un respeto de especial característica.
Se trata de un respeto que supera tendencias y convicciones personales, y hasta facciosas o partidarias de cualquier signo que, para estos casos, carecen de importancia.
Los símbolos, creíamos haber aprendido, son fruto acrisolado de los tiempos. No surgen de la nada.
Más bien se asientan en una suerte de composición progresiva que abstrae los significados y los va sintetizando en formas con las que uno se identifica, por encima de cualquier criterio individual. 
Son una fórmula de entendimientos colectivos.
Y uno, al reconocerlos, se reconoce en ellos.
Creo que de ello se desprende su importancia para el afianzamiento de las identidades y de las culturas.
Me pregunto cuánto tiempo habrá pasado desde que Simón Bolívar, el viejo, logró un escudo oficial de Caracas en las postrimerías del siglo XVI, para que el león que en él está, se convirtiera en el símbolo que todos los caraqueños reconocemos...
No se puede, aunque algunos crean que sí, defenestrar un símbolo; pretender despojarlo de sus significados en la conciencia popular, argumentando conversaciones de plaza que algunos hayan tenido una tarde cualquiera.
No se puede, repito.
Los hombres son temerarios, y el cauce de sus temeridades los conduce muchas veces a destinos inciertos donde quedan signados por las desventuras del infortunio.
Pretenden alzarse por encima de sus semejantes, embriagados por poderes fatuos y por los espejismos de una grandeza que, para ser verdadera, solo podría provenir de los años posteriores a sus vidas, siendo ilusión todo lo otro, como sabemos.
Pasarán los temporales que arrasan y desarman, y volverán las calmas necesarias para las reconstrucciones y las nuevas obras de la creatividad.
Y los símbolos se restablecerán, por el valor de sus significados y el respeto que se les debe.

sábado, 5 de febrero de 2022

Guerra



 I

El aire es una certeza invisible.
Llena el espacio sin pedir permiso…

II

Herodoto insinúa que la querencia de mujeres 
lleva a los hombres por caminos violentos.
Otros hablan del territorio, otros de los mercados.
Lujuria y avaricia; 
las mentes se obnubilan por el ansia  
los excesos bloquean la sensatez.

III

El viento recorre el mundo haciendo círculos
Se viste con las hojas y el polvo de los caminos
Envuelve y acaricia,  
su sensualidad puede mostrar espejismos
y la ambición se extralimita…

IV

Se prensan tambores 
se amuelan sables
se enarbolan estandartes 
los hombres vociferan
y el viento silba presagios…

V

Quizás sea que cuando sopla viento
las voluntades se agitan
la prudencia se devalúa
sube la adrenalina
se asoma la guerra

VI

El viento
sopla siempre…

miércoles, 29 de diciembre de 2021

El fin de una utopía...


La utopías se equiparan a los sueños, pero con ambiciones colectivas.

Igual que ellos, tienen inconvenientes cuando se intenta llevarlas a la práctica.

Ninguna implementación ha sucedido sin fallas, y eso termina con la ilusión…

Lenín fue un voraz lector de Marx y Engels, creadores de la utopía comunista, tan satanizada por estos tiempos.

Pero en su momento, por allá cuando el inquieto joven leía, la idea de una sociedad de igualdad y justicia, una sociedad sin explotadores ni plusvalías, era fascinante.

Se trataba, además, de un lector ruso. Un hombre ilustrado, dentro de una sociedad atrasada y muy desigual.

Esa idea prendió su intelecto y le permitió concebir una fórmula de acción que prevaleció por encima de las muchas otras tendencias que pujaban por surgir .

De Lenín habría que decir que fue quien materializó la utopía comunista por primera vez.

Su obra fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Una ambición internacionalista lo llevó a concebir que el proyecto bolchevique trascendiera las fronteras de su Rusia natal y se extendiera a naciones vecinas, ya impregnadas de la doctrina. 

En diciembre de 1922, cuatro países formaron la unión, que crecería hasta agrupar quince
repúblicas en los años subsiguientes.

Ya lo dijimos, la implementación de las utopías viene siempre con fallas…

La tentación totalitaria, la interpretación del concepto “dictadura del proletariado” y, por sobre todo, la concepción de que la violencia es una herramienta válida para que los humanos accedan a la plenitud social, dieron al traste con el proyecto leninista.

De su propio seno, ya sumergidos en crisis difíciles de manejar, surgieron las concepciones renovadoras que habrían de sellarle el destino.

El camarada Gorbachov, investido con todos los poderes del estado soviético, planteó sus tesis de Apertura Política (Glasnost) y Reestructuración Económica (Perestroika) a mediados de la década de 1980, con la intención de buscarle soluciones a una situación que ya, después de la Guerra Fría, se hacía insostenible.

Básicamente, el ideal de la libertad propugnado desde occidente, había superado al de la igualdad soviética.

La necesidad de reafirmación nacional, de procurarse soluciones autóctonas, desvinculadas de poderes centrales, prevalecía.

Había nuevos aires en el tiempo…

En diciembre de 1991, hace treinta años, luego del protocolo de Alma-Atá y la renuncia de Gorbachov, el Soviet Supremo de la URSS disolvió la unión, dando fin a un experimento social de setenta años.

¿Qué nos dejó?

No estoy capacitado para responder.

La complejidad de las transformaciones que la URSS introdujo a la humanidad, sobrepasa mis competencias de analista amateur.

Pero confío en que la experiencia haya servido para reafirmar que nuestra especie requiere del libre albedrío para progresar y que no existe poder suficiente para someternos indefinidamente, porque hay una fuerza equivalente entre la intención de subyugar y la voluntad de resistir.


domingo, 7 de noviembre de 2021

El sentido nacional


I


El río de la nacionalidad fluye como los ríos viejos, que ya pulieron cada piedra en su trayecto y socavaron sus cauces como escultores sabidos.

Pero esa consolidación, a la que llamamos nación, y que invocamos casi siempre con orgullo, no es cosa de haber aparecido de repente. 

Más bien es, quiero pensar, la última estación de un camino, ese si, preñado de sobresaltos.

Hay tiempos tribales, hay enfrentamientos y rivalidades.

Hay momentos de acuerdo sobre asuntos que poco tiempo antes parecían irreconciliables.

De ese torbellino nace el gentilicio, la nacionalidad.

Se trata del tejido complejo que nos reúne alrededor de lo que va más allá de las discrepancias cotidianas, y nos funde.

Se traslada a nuestras preferencias, a nuestro sentido de pertenencia, a nuestra integración con una tierra que proclamamos nuestra. 

Y nos apropiamos sicológica y espiritualmente de un espacio físico, de unas costumbres y unos gustos que reposan sobre nosotros como una bruma perfumada.

Queremos nuestra tierra, apreciamos nuestras costumbres y nos enorgullecemos de las manifestaciones de nuestra cultura local.

El sentido nacional es un pivote fundamental de la noción de país.

Si se quebranta, los países pueden generar crisis terribles y desembocar en guerras fratricidas que los disuelven, dejando siempre heridas profundas, de las que no cicatrizan fácilmente.

Pienso que uno de los desafíos esenciales de la política es asegurar esa cohesión, por encima de todo.

Un político que divide, que atenta contra el sentido nacional es, en mi opinión, o un incompetente, o un imbécil.

Esto no quiere decir que no existan opiniones y proyectos diferentes en relación con el desarrollo de las posibilidades nacionales y cómo emprenderlas.

Significa que el espacio de las diferencias debe ser de adversarios, no de enemigos.

La diferencia no es sutil. 

Tiene que ver, justamente, con el reconocimiento de que operamos sobre un tejido común, o no.

Sobre un interés nacional, es decir, de todos; por encima de lo que nos separa circunstancialmente en un momento dado de nuestra historia. 

El decurso del río que mencioné al principio.


II


El río de la nacionalidad venezolana ha cruzado varios recodos de cuidado.

En uno de ellos, en 1947, la voluntad política de un pueblo amplio, invitado a comparecer, eligió a Rómulo Gallegos para presidir el país.

El hombre aglutinó un caudal impresionante de votos, porque concentró en su persona, la representación de un partido que en aquel momento encarnaba en una proporción inmensa el clamor popular y estaba enraizado en el sentir del pueblo en todo el territorio. 

Pero también por su propia imagen, por lo que representaba, más allá del político avezado.

Don Rómulo no era un renombrado escritor cualquiera. Era el autor de novelas que retrataban nuestra nacionalidad.

Era un venezolano integral y creo que eso jugó un papel adicional en su elección. 

El pueblo votó por la venezolanidad, por decirlo de alguna manera.


III


El momento fue una fiesta, el triunfo era de todos.

A Juan Liscano le correspondió organizar parte de las celebraciones.

Venía él de desarrollar una sensibilidad particular que lo entrañaba con las raíces de la nacionalidad de manos de un coplero de la Colonia Tovar, de su infancia pegada a la tierra de las haciendas en lomos de las mulas de su familia y de un recorrer el país con una grabadora para capturar las manifestaciones populares de todas partes.

Sabía Liscano de la importancia de acercar a la capital, el centro del poder, las manifestaciones autóctonas de cada región de ese país que se aglutinó alrededor de la figura de Gallegos.

Él sabía que era necesario vincular más el sentimiento de nación, sospechando quizás la fragilidad del proceso que se iniciaba. 

Montó en el Nuevo Circo de Caracas, iniciando 1948, la Fiesta de la Tradición, en el marco de los actos de la toma de posesión del presidente.

Un encuentro de cultores venidos de cada rincón de Venezuela, para compartir sus expresiones y dejarlas hermanarse siendo, como lo eran, partes de un tapiz indivisible que se llamaba Venezuela.

Fue la primera vez que nuestro país pudo verse y reconocerse junto en un solo sitio. 

Se dice que cada día que duró el espectáculo, el aforo alcanzó el tope de cinco mil espectadores que caben en el recinto.

La resonancia del evento, impulsado además por la exaltación de civismo de esa jornada, fue celebrada y comentada internacionalmente.

A su manera, Liscano fue tejedor de esa venezolanidad que sentimos tan entrañablemente.


IV


Creo que no debemos, que no podemos olvidar la importancia del sentido nacional.

Creo que debemos mirar por encima de cualquier mezquindad o juicio de valor que pudiera erosionar un logro tan precioso.

Son tiempos difíciles los que estamos viviendo y es posible que las desventajas en que estamos sumidos nos impidan reconocer la urdimbre de nuestro tejido.

Aun los ríos viejos, con sus aires apacibles, llevan corrientes de fondo y a la vuelta de algún recodo pueden mostrarnos raudales inesperados que pueden comprometer la navegación…


domingo, 26 de septiembre de 2021

"Mutti" Merkel



La ambición es un atributo que nutre la orientación al logro. 

Es, quizás, la conexión más poderosa entre el ser y el hacer. 

Angela Merkel es un excelente ejemplo de ello.

Habría que imaginar a la hija de un pastor luterano en un pueblecito de la Alemania del este, la que se denominó democrática, creciendo en casa humilde impregnada de valores, seguramente forjados en las reciedumbres de la cotidianidad dura y en los vestigios muy recientes de una guerra mundial que dejó al mundo dividido y polarizado, lleno de heridas sin cerrar.

Su transitar por los requisitos de una sociedad que apostaba a las vanguardias y que consideraba que el camino de los excelentes estaba pavimentado con las prácticas soviéticas. 


Crecer bajo la égida de la seguridad del estado...


En ese entorno se doctoró, y adquirió estatus en su comunidad de científicos.


Y yo quiero suponer que ese tiempo también le asentó el carácter y le reveló el secreto de que los acuerdos, las conciliaciones y las reconciliaciones, son los caminos más cortos para la convivencia y la paz, o para la estabilidad...


Creo que se trata de una de las figuras de mayor relevancia mundial en el primer cuarto del siglo XXI. 


Creo que estaríamos en un mundo diferente, y muy probablemente más complicado, si ella no hubiese estado presente en los innumerables conciliábulos en que su criterio y sus artes persuasivas marcaron la diferencia en decisiones que afectaron la marcha del planeta.


Hoy marca el fin de una era. 


Por propia voluntad inicia su incorporación a la vida común, despojándose de los atributos supremos del poder del país más fuerte de Europa. 


Un acto de humildad que sigue proyectando sus atributos.


Esperemos que su ejemplo de gran estadista siga prevaleciendo.


"Se me considera una constante causante de retrasos algunas veces, pero pienso que es esencial y extremadamente importante incorporar a la gente y escucharla en sus conversaciones políticas"  Angela Merkel.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Los elegidos


Poseer la verdad es una obsesión de los hombres.

Es como que, si no la poseemos, la existencia carecería de propósito.

Creo que eso parte de creer que ella existe realmente.

Claro, habría que decir que no es posible poseer lo que no existe. 

A mi me parece que la verdad es una construcción, un invento que, quién sabe en que momento, creamos para justificar los actos que derivaban de nuestras creencias.

Construimos el mundo basándonos en nuestras verdades.

La cosa se complicó cuando en el afán de extender fronteras nos fuimos de expedición por el planeta y nos encontramos con otros que creían diferente, que tenían otras verdades.

Ya toda la extensión del mundo es nuestro dominio. 


Conocemos cada centímetro cuadrado de su territorio superficial total, en el agua y en la tierra.

Creo que ahora que descubrimos toda la geografía y nos dimos cuenta de que no somos los únicos, de que no hay únicos sino múltiples, podemos distinguir la profundidad del dilema humano.

Parece que no hay una verdad única, que los absolutismos deberían carecer de sentido.

El mecanismo de defensa que surge de ese quiebre, es invocar lo ancestral. 

Es refugiarnos en lo que se consagró en el pasado; hurgar en los libros sagrados y redescubrir nuestras verdades.

Declararlas de nuevo y, de ser necesario, inmolarnos en su nombre o eliminar a quienes no ven el mundo como nosotros.

Son guerras santas…

Quienes se sienten e identifican como elegidos necesitan resolver la ruptura planteada respecto de sus verdades. 

Son hurgadores armados, radicalizados; que quieren sembrar su verdad en un mundo que ven sumido en la perdición, condenado…

Tienen su verdad y quieren sembrarla en el mundo, al costo que sea, en nombre de la virtud.

Me pregunto qué se puede hacer cuando los hombres persisten en desconocer que la verdad absoluta no existe, y rechazan la posibilidad de las creencias diversas, que enriquecen la vida.

¿Habrá que dejar grupos minúsculos que se entronicen y atropellen las posibilidades de expresión de los pueblos en nombre de su “verdad”?

martes, 10 de agosto de 2021

Don Rómulo...




Lo vernáculo es, a mi entender, la vinculación consustancial del hombre con su entorno inmediato.

Hay una especie de simbiosis en la que sería fatuo intentar separaciones. 

El hombre y el paisaje terminan siendo un todo indivisible, que se expresa en el lenguaje de una forma especial, que le otorga su identidad.

A Rómulo Gallegos lo miro así. 

Su nombre viene a mí como la expresión de lo vernáculo venezolano.


No puedo diferenciarlo de esta tierra.


Su ser se desplazó por innúmeras facetas de nuestro gentilicio, que fue permeándolo desde temprano en la vida; forjándolo en la venezolanidad más sólida.


Gallegos, no tengo dudas, era Venezuela. 


Era la Venezuela del siglo XX.


Desde joven soñó con un país mejor para todos y trabajó toda su vida en frentes diversos para aportar a la construcción de ese sueño. 


Lo hizo como educador, como escritor y como político, entregado como pocos a cada rol.


Tenía madera, como decimos por aquí.


Podría bastar asomarse a su obra literaria; sobre todo su brillo de novelista, que supo fundir la tierra y el hombre para mostrarnos lo nuestro.


O podría uno buscarlo dirigiendo las aulas donde se formó una generación de adelantados lúcidos y audaces.


O, también, pensarlo como el primer presidente constitucional civil, electo por voluntad popular, de ese siglo XX venezolano; azaroso por demás...


Hoy queda auscultar sus actuaciones.


Releerlo, no solo en su propia letra, sino en la de sus múltiples analistas y estudiadores.


Encontrarlo también en las hechuras de sus alumnos y de sus seguidores, o en las reseñas de su estoicismo civilista y civilizador.


Agosto es el mes de su aniversario. 


El dos de este mes hubiese cumplido ciento treinta y siete años; digo, ¡como si la biología diera para tanto!


Saber que esta tierra ha parido gente así, es motivo para no perder la esperanza.