“Hemos echado al mar los grillos de los pies. Ahora, vayamos a la escuela a quitarle a nuestro pueblo los grillos de la cabeza, porque la ignorancia es el camino de la tiranía. Hemos echado al mar los grillos en nombre de la Patria. Y enterraremos los de la Rotunda. Será un gozo de anclaje en el puerto de la esperanza. Hemos echado al mar los grillos. Y maldito sea el hombre que intente fabricarlos de nuevo y poner una argolla de hierro en la carne de un hijo de Venezuela.”
Andrés Eloy Blanco - Febrero de 1936.
En el vuelo que propongo emprender hay que remontar los andes venezolanos y encontrar, entre niebla y matas de café, a un muchacho de dieciséis años que pide a su mentor que le facilite pasar a Colombia, para unirse a los restauradores, que venían a invadir.
Y vino entre los sesenta que cruzaron la frontera - se dice que el general Castro lo dejó quedar, porque traía montura propia - para ganar una guerra que no se sabe si fue guerra, ni como fue que terminó tan fácilmente, a lo mejor porque algunos cercanos se le voltearon al presidente, quién sabe.
Lo cierto es que se ganó el sitial a palmo, y que fue creciendo en prestigio y rango, y también que se convirtió en personaje de la picaresca: era “el ronquito” y “el sequito”.
Eleazar López Contreras encabezó la transición del gomecismo hacia la democratización de Venezuela treinta y siete años después de que los andinos entraron a Caracas con intención de permanencia; él, con un balazo en el brazo.
Creció bajo el ala de Castro y de Gómez, y llegó a general. Era ministro de Guerra y Marina cuando fue designado presidente encargado, al fallecer el Benemérito, para frustración del linaje familiar del tirano.
Se trata de un personaje singular de la historia de Venezuela. Un hombre recio y señero, un militar disciplinado, un intelectual que reflexionaba sobre la historia del país; alguien que recorrió sus caminos en el lomo de caballos y que conoció la sal de su gente en todos sus territorios.
Cuando le tocó el turno se quitó el uniforme y pidió calma y cordura, sabiendo que lo que representó lealmente hasta ese momento no sería sostenible en el futuro.
Sabia que tenía que ser la mecha para el cambio inevitable.
Habría mucho que relatar sobre la cantidad de cosas sobre las que López tomó decisiones de transformación socio política en Venezuela, todas están registradas y sobre todas hay opinión, pero a este escrito le interesa una solamente, por su poder simbólico y por su vigencia, noventa años después.
A principios de 1936, precisamente en febrero, fue demolida La Rotunda, la cárcel de Caracas, en la que se cometieron atrocidades de las que hoy llamaríamos de lesa humanidad, contra muchos cuyo único “delito” era oponerse a la tiranía.
Fueron innumerables los torturados, los incapacitados y los muertos de La Rotunda, y López, conductor preclaro de un momento crucial, entendió que ese centro ignominioso no podía mantenerse, y que plantearse dejarlo, aún cambiándole el uso al local - quizás como centro social o deportivo para la comunidad - sería una afrenta.
Corrió mucha agua debajo del puente de nuestra historia y, en algún momento posterior, después de las cuotas de persecución, cárcel y exilio que le correspondió pasar y que, según él, le completaron su historial de político, López fue reivindicado y reconocido - Rómulo Betancourt, otro maestro del manejo simbólico, y adversario formidable, cuando asumió como presidente en 1960, le entregó la réplica de la espada de Bolívar, y el congreso de la república lo reconoció como senador vitalicio.
Nadie sabe de su destino ni de su gloria, pero hay cosas que, al tenerlas al alcance de la mano, exigen que se decida qué hacer con ellas, y esas decisiones marcan para siempre la memoria de los pueblos.
La demolición de La Rotunda quiso simbolizar la extinción de la persecución de las ideas y abrir el paso a una era de progreso basada en el respeto de las disidencias.
El camino fue difícil y las dificultades prevalecieron en tiempos unas veces luminosos y otras veces oscuros.
Sobre esos escombros se construyó una plaza que no podía llamarse de otra manera sino de La Concordia, que se fue quedando disminuida en un rincón olvidado de la ciudad.
Hace noventa años López derribó unos muros en Caracas, quizás pensando que sembraba un árbol de lecciones aprendidas; terribles lecciones.
Los aires del tiempo hacen danzar a las buenas intenciones con las que no lo son tanto y, de repente surgen Rotundas nuevas, que deberán caer al volver la claridad.
