miércoles, 14 de enero de 2026

¿¿¿¿¿¿¿???????

 

Ya sabemos de la relatividad del tiempo.

Por eso podemos vivir tranquilamente con la afirmación aquella del tango que dice que “veinte años no es nada”, mientras transitamos ese lapso en la memoria y nos damos cuenta de que son muchas las vivencias que se acumulan en un período así, atesoradas ahora como experiencia.


En poco más de eso hemos visto una evolución del cambio que, aunque aprendimos que es constante, tiene ahora una característica de aceleración que no parecía tener antes de la alteración psicológica que vino asociada con la incorporación de la internet a la vida cotidiana de los ciudadanos comunes.


Los veinticinco años más recientes han sido vertiginosos, y la humanidad ha tenido que revisarse y redefinirse múltiples veces en un intento, quizás fallido, por entender si lo que se desató son demonios o dioses, y a qué destino la conducen sus acciones.


Me lo pregunto esta mañana, con un rezumar extraño que no alienta a responder sino a divagar y rumiar la pregunta.


Observo la obsesión a dar - a tener - respuesta a todo como una tendencia peligrosa que se va apoderando de un mundo que parece creer que las cosas son y funcionan según lo que vaya apareciendo en las denominadas redes sociales, que constituyen la estación central del tren en que andamos por estos tiempos.


Pareciera que la ruptura con la estructuración lógica del pensamiento es una cosa novedosa de estos tiempos.

 

La masa enorme de gente que acude diariamente a abrevar en esas redes no tiene interés en validar los fundamentos de lo que se le plantea sino, más bien, en sentir si eso resuena con su pensamiento, sin ni siquiera darse cuenta de que ese pensamiento dejó de ser suyo desde que ciertos algoritmos comenzaron a entregarle la música que sus oídos quieren escuchar. 


No parece darse cuenta la gran mayoría de que está en un ciclo perverso de “pagarse y darse el vuelto”.


Me parece que por allí comienza la agonía del discernimiento y que, si no nos apuramos en atender eso, la capacidad de crear quede en manos de unas élites mínimas.


De repente, las ansias post imperiales de grandes potencias con líderes obnubilados, aparecen como bendiciones para poblaciones oprimidas.


O la persecución implacable de multitudes de personas que huyen de las miserias de la guerra, el hambre o la imposibilidad de prosperar, llega a justificarse en nombre de un concepto de nación que parecía haberse superado después de las devastadoras guerras que asolaron al mundo en la primera mitad del siglo pasado.


Hubo un momento en mi vida en que me di cuenta de que la economía, aunque constituye un motor fundamental para la humanidad, no es, como se sostuvo - y todavía sostienen muchos - la base para explicar la historia de los hombres y, quizás sí, una herramienta para justificar las decisiones de dominación con que los más fuertes apaciguan su conciencia, para someter a los más débiles.


Dicen que en el mar flota una isla enorme de desechos plásticos, contaminantes. Que en el espacio cercano a la Tierra hay ya mucha “basura espacial”. 


Por extensión, aventuro a afirmar que debemos cuidarnos de los envenenamientos agazapados y disfrazados de respuestas, peligrosamente parecidas a las que queremos escuchar, que inundan las redes de este mundo nuevo, en oleadas imparables.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Eco





De mi vecindario, por un momento, parecieron haberse ido los gatos y las avispas, cosa que no me fue indiferente, porque reconozco en ellos aliados que contribuyen y aportan al equilibrio fundamental.

Por estos días, en que los aires comienzan a refrescar y vuelve la nitidez del cielo, he visto que, no sin cierto recelo y, quizás, con algo de timidez, volaba una avispa en las flores de mi jardín, husmeando entre las más pequeñas.

Me sorprendió también encontrarme con un robusto gato, cuyos ojos me saludaron como si nada la otra mañana, cuando caminaba a buscar el carro que me transporta.


Confieso ahora que me había sentido inquieto con la sensación de pérdida, de incertidumbre.


Todo era como andar cojeando, como que algo faltara para completar mis días con plenitud.


Sé que andaba incompleto.


Estuve por la eternidad asomándome a los acantilados, por los sitios que mientan de la esperanza, para gritar mi llamado en solitario, con desesperación de huérfano, y el eco se devolvía mordaz, como indicándome que debía abandonar y dejar ir mis ansias de reencuentro.


Eso tienen los ecos, son cóncavos y hermosos. 


Pero también pueden ser crueles. 


Cuando devuelven el vacío, nos quitan - ¿despojan? - las ilusiones, con su retumbar de zarpa.


Sé que este escrito puede parecer desvarío, pero no hay remedio cuando te das cuenta de que el eco no estaba siendo cruel y que los acantilados de la esperanza sí te estaban escuchando. 


La impaciencia puede ser mala consejera y hacer que tres décadas parezcan tres siglos.


Ahora, en la orilla de un café tempranero, en esta fresca mañana, reflexiono mirando a la avispa que visita las flores, con un vuelo más resuelto; me asomo y veo al gato desde la ventana, y me parece ver un guiño complice en sus ojos orientales.


Pienso que son señales de regresos buenos, algo como la vuelta de los colores cuando se han desgastado y parecen haberse perdido.


Me reconforta saber que el eco no devolvía crueldades, sino invitaciones.

sábado, 18 de octubre de 2025

80 años de la Revolución de Octubre


 “Viene esto a reemplazar aquello otro de los caudillos señeros y de los clanes hegemónicos, de actuación personalista, que de tantas arbitrariedades y torpezas nos hizo víctimas…”


Rómulo Gallegos - discurso de toma de posesión como Presidente de la República en 1948.


I


Eran jóvenes en Barranquilla, rozaban los veinte años pero ya el destierro los curtía.


Sus tobillos conocían la mordida candente de los grilletes y sus ojos la bruma de las mazmorras.


Ya el aliento fétido de la tiranía había provocado arcadas en sus vísceras.


Cuando escribieron su manifiesto supieron que era un pacto para siempre.


Era un documento que los hermanaba en la simplicidad del texto y la gravedad del compromiso.


Soñaban con la libertad de su tierra ensombrecida.


II


Intentaron la generosidad los herederos del tirano.


Tanta crueldad habían visto, que se sintieron magnánimos y creyeron, con sinceridad que los llegó a honrar, que en sus manos estaba el porvenir que todos querían.


Pero no era así. Había límites que su voluntad no podía comprender, sometida por las prebendas de décadas en el poder horrendo.


No alcanzaron a entender que los hombres para ser verdaderamente libres deben tener derecho a elegir su destino y, para eso, es imprescindible que sean ellos quienes designen sus gobernantes.


Pero dejaron que los exiliados vinieran, con sus sueños arropándoles y la voluntad de luchar por sus ideas hasta el sacrificio.


El poder permitió la organización de partidos políticos y sindicatos.


Cuando quiso volver a cerrar esa puerta, comenzó a descender hacia el abismo.


III


Vinieron nuevas cárceles y destierros. También clandestinidad. 


La historia acumula secuencias de sucesos y, de repente, parece dar un salto inesperado, que rompe la marcha sosegada de los días y revuelve todo.


Los muchachos de Barranquilla median ahora la treintena de edad, y su esperanza de tránsito pacífico había perdido la cordura una mañana en el Hotel Ávila de Caracas.


Un contacto nocturno, reuniones secretas entre conspiradores inexpertos, ponderación de posibilidades, cálculo y decisión.


Los sables se alían con las ideas.


Corre sangre cuando se precipitan los hechos el 18 de octubre, pero priva la prudencia y la tormenta se aplaca rápido.


Pasa la página de la tiranía.


IV


Hay ocasiones, en que la esperanza viste ropajes ajenos y extraños que pueden confundirnos.


En tales coyunturas hay que sobreponerse a los aires del desaliento y abrigarla en los lugares recónditos donde su brillo se preserve hasta que pueda aparecer y resplandecer ante todos.


Debe haber sido así por aquellos tiempos, en que las locomotoras de la historia rugían como dragones enfrentados con fiereza.


Desvelos y planes. Unos abrigando ambiciones secretas, otros buscando materializar ideas libertarias.


El pueblo es nuevo señor y su voluntad la plasman los escribas que él designó.


Su voz se va haciendo ley de la tierra.


V


Todos tuvieron derechos. 


Eligieron un conductor de sus designios y celebraron fiestas tempranas.


Mientras, la nocturnidad comenzaba a tejer su madeja de ambición pervertida, en algún hoyo olvidado por la embriaguez prematura de los soñadores.


Aunque fue corta, la experiencia sirvió.


El sabor de la libertad se quedó prendido en el espíritu popular que volvió a abrigarla en resistencia secreta, hasta que llegara la luz de nuevo.


Va y viene ese remecerse de los tiempos, y los hombres de Barranquilla, ya en la cuarta década de sus vidas, volvieron a cárceles, exilios y cementerios.


Hubo que volver a arropar la esperanza.


Retornó la clandestinidad.


Aquellos hombres que ya partieron dejaron su sueño como legado de raíz profunda que siempre retoña.


Solo hace falta algún rayo de sol. 

domingo, 21 de septiembre de 2025

Patente de corso




El tiempo se hace ignominioso y puede arroparnos con sus aires de mal presagio si lo permitimos.

Cabe preguntarse cómo hacer frente a los avances de la barbarie que crece como una infección letal y va ocupando espacios cada vez mayores del planeta, con ropajes engañosos, con palabras que hablan falso, con músculo servil y enceguecido de soberbia.

Es un caso difícil.

Hubo un tiempo, que quisiera se hubiese esfumado en las tinieblas, en que se institucionalizó el ultraje en nombre de la defensa de naciones imperiales que competían por el señorío de los mares y tierras del mundo.

Los soberanos expedían licencias para que los piratas y los filibusteros, desangelados seres que no conocían sino la crueldad más abyecta y la violencia superlativa, operaran sus naves felonas ondeando los estandartes de esos reinos, como legítimos representantes.

Se denominaban Cartas de contramarca o Patentes de corso y convertían a los delincuentes de todos los mares, en representantes de órdenes imperiales llamados corsarios.

Investidos de legalidad los corsarios saqueaban y mataban invocando los derechos de sus soberanos.

Se convirtieron en una de las plagas más siniestras de su tiempo; prolongado período de indignidad.

A veces sucede que los descuidos de la especie, confiada en las comodidades que los avances del conocimiento van otorgándole - a unos más y a otros menos, admitimos - reviven virulencias que se creían extintas, y se descubre que solamente estaban en latencia.

De repente resurgen las apetencias desmedidas por tierras y mares, por ocupar territorios donde pacen otros, y se reavivan las invocaciones a la seguridad y la protección; se amoldan los argumentos para que la historia justifique la gula de los imperios y les permita usar su fuerza impunemente.

No se trata, como me parece que se quiere plantear, de actos de justicia (una de esas nociones que parecen servir para justificar cualquier tropelía en su nombre). 

Se trata de atropello, se trata de abuso.

A los disfraces se les nota lo que son cuando la ebriedad de los disfrazados, borrachos de fechorías, los hace quitarse las caretas, confiados en su poder fatuo.

Y, de repente, plantean construir hoteles turísticos sobre las ruinas y la desolación, sobre decenas de miles de muertos y millones de desplazados; o negociar paz por anexión de tierras ricas; o intentar construir muros imposibles; o satanizar refugiados para perseguirlos sin piedad; o matar gente inerme que podía capturarse sin inconvenientes para saber si cometían delito…

Allí los podemos ver en todo el esplendor de su miseria, espantosos y monstruosos, como son en realidad.

Pasó antes, vuelve a pasar ahora. 

Ojalá sea la última vez.

sábado, 19 de julio de 2025

Espanto





Detonación del artefacto Jack Aeby



En el Condado de Socorro, Nuevo México, quedan Oscuro, Tularosa y Jornada del Muerto, nombres no exentos de cierto aire de western clásico, menos hollywoodense y más italiano - inolvidable Sergio Leone…-

Es todo paisaje de desierto, seguramente de vida áspera, de gente pegada de lo que fue quedando de una tierra que alguna sintió suya.

Por este tiempo, hace ochenta años, esos pobladores despertaron estremecidos.

Era poco menos de las cinco y media de la mañana, cuando todo cambió para siempre.

La prueba Trinity del proyecto Manhattan, la detonación del primer explosivo nuclear de la historia, que corroboró el éxito de los esfuerzos de la física teórica por convertirse en realidad fáctica, abrió un capítulo nuevo y pasó la vida al canal rápido de circulación.

Ya, seguramente, habrá fallecido la inmensa mayoría de esas víctimas anónimas de la prueba nuclear, convalecientes de horrorosos padecimientos radioactivos, aunque los intentos de que el olvido los borre no hayan tenido éxito y siga gente trabajando por mantener la memoria.

Ciertamente cambió el mundo, y la Espada de Damocles dejó de ser. Ahora, podríamos hablar de la Ojiva de quién sabe quién.

Todo esto, para mí, traduce, con harta literalidad, el significado de espanto.

Es una era de espanto, preñada de miedos viscerales que han alterado hasta el sueño, y han instaurado el reino de algo que decidieron llamar estrés, pero que no es otra cosa que una elevada angustia colectiva, un miedo instalado en la propia entraña de la especie.

Y, entonces, apareció el egoísmo, perfectamente disfrazado de instinto de supervivencia, de necesidad de preservación, a toda costa.

Por estos días la noticia me captó. 

Se sembró en mí, sin que haya podido despegarla, a pesar de tanto esfuerzo.

Una declaración del presidente de Francia, una de las siete naciones con comprobado poderío nuclear, sentenció que "para que seamos libres en este mundo es necesario que nos teman y que, para ser temidos, tenemos que ser poderosos". (Julio 13, 2025, en la víspera del día de La Bastilla,  reseñada por la BBC, según mi traducción libre desde el inglés).

Y es verdad, en estos tiempos dislocados, la lógica del poderío de la fuerza bruta, que nos envuelve en la vorágine antropófaga, sugiere la validez de que para sobrevivir nos tenemos que amenazar de muerte.

Creo que se trata de la locura, y me pregunto, para cerrar esta catarsis: ¿No hubiera sido mejor, luego de atestiguar la tragedia de haber desatado los demonios atómicos, invertir todo en educarnos para la paz y la tolerancia mutua, que seguir armándonos “para que nos teman”?

Ahí lo dejo.

sábado, 31 de mayo de 2025

Gaza 2025


A veces, el paisaje se dispone de una cierta manera que despista aún a las miradas más agudas y pasa desapercibido.
Creo que algo de eso pasa con la tragedia que viven los palestinos en Gaza.
Me alcanza ese horror y no se me ocurrió más nada sino plasmarlo en una especie de pasquín de denuncia, para lo que eso pueda servir.











 

lunes, 10 de marzo de 2025

Pecados capitales


El saber es un precioso destilado que, goteando su líquido exquisito, va llenando la inacabable copa donde beben los hombres.

Se expresa en lo que llamamos cultura y tiene formas diversas: arte, ciencia y religión, son, quizás, las tres más conocidas.


A efectos de este escrito, me interesa la religión como vehículo para sistematizar el saber de una manera específica, arreglada a valores y creencias particulares.


Desde antes del cristianismo, los hombres distinguieron que ciertas apetencias naturales, cuando se desbocaban, conducían a cometer excesos que sacaban a las personas de su estar habitual y les hacían comportarse de maneras perjudiciales, tanto para ellos como individuos, como para la colectividad a la que pertenecían.


Encontraron que, de la misma manera que existen virtudes, existen vicios.


Para el momento del que hablo, ya Moisés había bajado con las Tablas de la Ley, y se habían decretado los mandamientos.


Eso no podía reescribirse y, entonces, pensaron que se debía prevenir el avance de los vicios, y enunciaron cuáles de ellos eran la fuente de todos los demás.


Se les llamó “capitales”, y se planteó que, a partir de su práctica, los hombres se precipitan al abismo de lo peor, para condenarse sin remedio.


Los tiempos corren y los aires del libre albedrío, como se interpreta contemporáneamente, han hecho más flexibles las nociones de libertad de pensamiento y acción. Ahora es una especie de “se vale todo”.


La humanidad, a pesar de tantas evidencias que sugieren lo contrario, parece seguir confiando en que la virtud prevalece siempre, y deja que sobrevengan tiempos oscuros a los que suceden tiempos luminosos, en una alternancia que siempre apuesta por períodos de luz cada vez más prolongados.


Quizás sea una ciega fe.


Santo Tomás de Aquino, cuando listó los pecados capitales - que ya para su tiempo se habían condensado en los siete que conocemos -, encabezó la lista con la soberbia, y la hizo seguir por la avaricia. Es decir, que consideró que estos dos vicios constituían los desencadenantes principales de todos los males. No es poca cosa.


La verdad no sé si, al seguir ese extraño girar de la espiral de la historia, la humanidad esté entrando a una era oscura.


Cuando observo la orientación de algunos liderazgos mundiales y escucho sus motivaciones, y las formas, casi de mala caricatura, como pretenden justificar lo indecible al amparo de poderes desproporcionados, con golpes desconsiderados, sin pudor ni vergüenza; me pregunto si no estaremos poniendo la cabeza de la especie dentro de la boca de un león sin amaestrar, al observar que en esta vuelta hay poderío suficiente para acabarlo todo.


Algo me dice - aunque no quisiera escuchar - que los pecados capitales están iniciando una presentación estelar; soberbia y avaricia en los roles protagónicos.