domingo, 8 de febrero de 2026

Es necesario










“Hemos echado al mar los grillos de los pies. Ahora, vayamos a la escuela a quitarle a nuestro pueblo los grillos de la cabeza, porque la ignorancia es el camino de la tiranía. Hemos echado al mar los grillos en nombre de la Patria. Y enterraremos los de la Rotunda. Será un gozo de anclaje en el puerto de la esperanza. Hemos echado al mar los grillos. Y maldito sea el hombre que intente fabricarlos de nuevo y poner una argolla de hierro en la carne de un hijo de Venezuela.”

Andrés Eloy Blanco - Febrero de 1936.



En el vuelo que propongo emprender hay que remontar los andes venezolanos y encontrar, entre niebla y matas de café, a un muchacho de dieciséis años que pide a su mentor que le facilite pasar a Colombia, para unirse a los restauradores, que venían a invadir.


Y vino entre los sesenta que cruzaron la frontera - se dice que el general Castro lo dejó quedar, porque traía montura propia - para ganar una guerra que no se sabe si fue guerra, ni como fue que terminó tan fácilmente, a lo mejor porque algunos cercanos se le voltearon al presidente, quién sabe.


Lo cierto es que se ganó el sitial a palmo, y que fue creciendo en prestigio y rango, y también que se convirtió en personaje de la picaresca: era “el ronquito” y “el sequito”.


Eleazar López Contreras encabezó la transición del gomecismo hacia la democratización de Venezuela treinta y siete años después de que los andinos entraron a Caracas con intención de permanencia; él, con un balazo en el brazo.


Creció bajo el ala de Castro y de Gómez, y llegó a general. Era ministro de Guerra y Marina cuando fue designado presidente encargado, al fallecer el Benemérito, para frustración del linaje familiar del tirano.


Se trata de un personaje singular de la historia de Venezuela. Un hombre recio y señero, un militar disciplinado, un intelectual que reflexionaba sobre la historia del país; alguien que recorrió sus caminos en el lomo de caballos y que conoció la sal de su gente en todos sus territorios.


Cuando le tocó el turno se quitó el uniforme y pidió calma y cordura, sabiendo que lo que representó lealmente hasta ese momento no sería sostenible en el futuro.


Sabia que tenía que ser la mecha para el cambio inevitable.


Habría mucho que relatar sobre la cantidad de cosas sobre las que López tomó decisiones de transformación socio política en Venezuela, todas están registradas y sobre todas hay opinión, pero a este escrito le interesa una solamente, por su poder simbólico y por su vigencia, noventa años después.


A principios de 1936, precisamente en febrero, fue demolida La Rotunda, la cárcel de Caracas, en la que se cometieron atrocidades de las que hoy llamaríamos de lesa humanidad, contra muchos cuyo único “delito” era oponerse a la tiranía.


Fueron innumerables los torturados, los incapacitados y los muertos de La Rotunda, y López, conductor preclaro de un momento crucial, entendió que ese centro ignominioso no podía mantenerse, y que plantearse dejarlo, aún cambiándole el uso al local - quizás como centro social o deportivo para la comunidad - sería una afrenta.


Corrió mucha agua debajo del puente de nuestra historia y, en algún momento posterior, después de las cuotas de persecución, cárcel y exilio que le correspondió pasar y que, según él, le completaron su historial de político, López fue reivindicado y reconocido - Rómulo Betancourt, otro maestro del manejo simbólico, y adversario formidable, cuando asumió como presidente en 1960, le entregó la réplica de la espada de Bolívar, y el congreso de la república lo reconoció como senador vitalicio.


Nadie sabe de su destino ni de su gloria, pero hay cosas que, al tenerlas al alcance de la mano, exigen que se decida qué hacer con ellas, y esas decisiones marcan para siempre la memoria de los pueblos.


La demolición de La Rotunda quiso simbolizar la extinción de la persecución de las ideas y abrir el paso a una era de progreso basada en el respeto de las disidencias.


El camino fue difícil y las dificultades prevalecieron en tiempos unas veces luminosos y otras veces oscuros.


Sobre esos escombros se construyó una plaza que no podía llamarse de otra manera sino de La Concordia, que se fue quedando disminuida en un rincón olvidado de la ciudad.


Hace noventa años López derribó unos muros en Caracas, quizás pensando que sembraba un árbol de lecciones aprendidas; terribles lecciones.


Los aires del tiempo hacen danzar a las buenas intenciones con las que no lo son tanto y, de repente surgen Rotundas nuevas, que deberán caer al volver la claridad.


miércoles, 14 de enero de 2026

¿¿¿¿¿¿¿???????

 

Ya sabemos de la relatividad del tiempo.

Por eso podemos vivir tranquilamente con la afirmación aquella del tango que dice que “veinte años no es nada”, mientras transitamos ese lapso en la memoria y nos damos cuenta de que son muchas las vivencias que se acumulan en un período así, atesoradas ahora como experiencia.


En poco más de eso hemos visto una evolución del cambio que, aunque aprendimos que es constante, tiene ahora una característica de aceleración que no parecía tener antes de la alteración psicológica que vino asociada con la incorporación de la internet a la vida cotidiana de los ciudadanos comunes.


Los veinticinco años más recientes han sido vertiginosos, y la humanidad ha tenido que revisarse y redefinirse múltiples veces en un intento, quizás fallido, por entender si lo que se desató son demonios o dioses, y a qué destino la conducen sus acciones.


Me lo pregunto esta mañana, con un rezumar extraño que no alienta a responder sino a divagar y rumiar la pregunta.


Observo la obsesión a dar - a tener - respuesta a todo como una tendencia peligrosa que se va apoderando de un mundo que parece creer que las cosas son y funcionan según lo que vaya apareciendo en las denominadas redes sociales, que constituyen la estación central del tren en que andamos por estos tiempos.


Pareciera que la ruptura con la estructuración lógica del pensamiento es una cosa novedosa de estos tiempos.

 

La masa enorme de gente que acude diariamente a abrevar en esas redes no tiene interés en validar los fundamentos de lo que se le plantea sino, más bien, en sentir si eso resuena con su pensamiento, sin ni siquiera darse cuenta de que ese pensamiento dejó de ser suyo desde que ciertos algoritmos comenzaron a entregarle la música que sus oídos quieren escuchar. 


No parece darse cuenta la gran mayoría de que está en un ciclo perverso de “pagarse y darse el vuelto”.


Me parece que por allí comienza la agonía del discernimiento y que, si no nos apuramos en atender eso, la capacidad de crear quede en manos de unas élites mínimas.


De repente, las ansias post imperiales de grandes potencias con líderes obnubilados, aparecen como bendiciones para poblaciones oprimidas.


O la persecución implacable de multitudes de personas que huyen de las miserias de la guerra, el hambre o la imposibilidad de prosperar, llega a justificarse en nombre de un concepto de nación que parecía haberse superado después de las devastadoras guerras que asolaron al mundo en la primera mitad del siglo pasado.


Hubo un momento en mi vida en que me di cuenta de que la economía, aunque constituye un motor fundamental para la humanidad, no es, como se sostuvo - y todavía sostienen muchos - la base para explicar la historia de los hombres y, quizás sí, una herramienta para justificar las decisiones de dominación con que los más fuertes apaciguan su conciencia, para someter a los más débiles.


Dicen que en el mar flota una isla enorme de desechos plásticos, contaminantes. Que en el espacio cercano a la Tierra hay ya mucha “basura espacial”. 


Por extensión, aventuro a afirmar que debemos cuidarnos de los envenenamientos agazapados y disfrazados de respuestas, peligrosamente parecidas a las que queremos escuchar, que inundan las redes de este mundo nuevo, en oleadas imparables.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Eco





De mi vecindario, por un momento, parecieron haberse ido los gatos y las avispas, cosa que no me fue indiferente, porque reconozco en ellos aliados que contribuyen y aportan al equilibrio fundamental.

Por estos días, en que los aires comienzan a refrescar y vuelve la nitidez del cielo, he visto que, no sin cierto recelo y, quizás, con algo de timidez, volaba una avispa en las flores de mi jardín, husmeando entre las más pequeñas.

Me sorprendió también encontrarme con un robusto gato, cuyos ojos me saludaron como si nada la otra mañana, cuando caminaba a buscar el carro que me transporta.


Confieso ahora que me había sentido inquieto con la sensación de pérdida, de incertidumbre.


Todo era como andar cojeando, como que algo faltara para completar mis días con plenitud.


Sé que andaba incompleto.


Estuve por la eternidad asomándome a los acantilados, por los sitios que mientan de la esperanza, para gritar mi llamado en solitario, con desesperación de huérfano, y el eco se devolvía mordaz, como indicándome que debía abandonar y dejar ir mis ansias de reencuentro.


Eso tienen los ecos, son cóncavos y hermosos. 


Pero también pueden ser crueles. 


Cuando devuelven el vacío, nos quitan - ¿despojan? - las ilusiones, con su retumbar de zarpa.


Sé que este escrito puede parecer desvarío, pero no hay remedio cuando te das cuenta de que el eco no estaba siendo cruel y que los acantilados de la esperanza sí te estaban escuchando. 


La impaciencia puede ser mala consejera y hacer que tres décadas parezcan tres siglos.


Ahora, en la orilla de un café tempranero, en esta fresca mañana, reflexiono mirando a la avispa que visita las flores, con un vuelo más resuelto; me asomo y veo al gato desde la ventana, y me parece ver un guiño complice en sus ojos orientales.


Pienso que son señales de regresos buenos, algo como la vuelta de los colores cuando se han desgastado y parecen haberse perdido.


Me reconforta saber que el eco no devolvía crueldades, sino invitaciones.

sábado, 18 de octubre de 2025

80 años de la Revolución de Octubre


 “Viene esto a reemplazar aquello otro de los caudillos señeros y de los clanes hegemónicos, de actuación personalista, que de tantas arbitrariedades y torpezas nos hizo víctimas…”


Rómulo Gallegos - discurso de toma de posesión como Presidente de la República en 1948.


I


Eran jóvenes en Barranquilla, rozaban los veinte años pero ya el destierro los curtía.


Sus tobillos conocían la mordida candente de los grilletes y sus ojos la bruma de las mazmorras.


Ya el aliento fétido de la tiranía había provocado arcadas en sus vísceras.


Cuando escribieron su manifiesto supieron que era un pacto para siempre.


Era un documento que los hermanaba en la simplicidad del texto y la gravedad del compromiso.


Soñaban con la libertad de su tierra ensombrecida.


II


Intentaron la generosidad los herederos del tirano.


Tanta crueldad habían visto, que se sintieron magnánimos y creyeron, con sinceridad que los llegó a honrar, que en sus manos estaba el porvenir que todos querían.


Pero no era así. Había límites que su voluntad no podía comprender, sometida por las prebendas de décadas en el poder horrendo.


No alcanzaron a entender que los hombres para ser verdaderamente libres deben tener derecho a elegir su destino y, para eso, es imprescindible que sean ellos quienes designen sus gobernantes.


Pero dejaron que los exiliados vinieran, con sus sueños arropándoles y la voluntad de luchar por sus ideas hasta el sacrificio.


El poder permitió la organización de partidos políticos y sindicatos.


Cuando quiso volver a cerrar esa puerta, comenzó a descender hacia el abismo.


III


Vinieron nuevas cárceles y destierros. También clandestinidad. 


La historia acumula secuencias de sucesos y, de repente, parece dar un salto inesperado, que rompe la marcha sosegada de los días y revuelve todo.


Los muchachos de Barranquilla median ahora la treintena de edad, y su esperanza de tránsito pacífico había perdido la cordura una mañana en el Hotel Ávila de Caracas.


Un contacto nocturno, reuniones secretas entre conspiradores inexpertos, ponderación de posibilidades, cálculo y decisión.


Los sables se alían con las ideas.


Corre sangre cuando se precipitan los hechos el 18 de octubre, pero priva la prudencia y la tormenta se aplaca rápido.


Pasa la página de la tiranía.


IV


Hay ocasiones, en que la esperanza viste ropajes ajenos y extraños que pueden confundirnos.


En tales coyunturas hay que sobreponerse a los aires del desaliento y abrigarla en los lugares recónditos donde su brillo se preserve hasta que pueda aparecer y resplandecer ante todos.


Debe haber sido así por aquellos tiempos, en que las locomotoras de la historia rugían como dragones enfrentados con fiereza.


Desvelos y planes. Unos abrigando ambiciones secretas, otros buscando materializar ideas libertarias.


El pueblo es nuevo señor y su voluntad la plasman los escribas que él designó.


Su voz se va haciendo ley de la tierra.


V


Todos tuvieron derechos. 


Eligieron un conductor de sus designios y celebraron fiestas tempranas.


Mientras, la nocturnidad comenzaba a tejer su madeja de ambición pervertida, en algún hoyo olvidado por la embriaguez prematura de los soñadores.


Aunque fue corta, la experiencia sirvió.


El sabor de la libertad se quedó prendido en el espíritu popular que volvió a abrigarla en resistencia secreta, hasta que llegara la luz de nuevo.


Va y viene ese remecerse de los tiempos, y los hombres de Barranquilla, ya en la cuarta década de sus vidas, volvieron a cárceles, exilios y cementerios.


Hubo que volver a arropar la esperanza.


Retornó la clandestinidad.


Aquellos hombres que ya partieron dejaron su sueño como legado de raíz profunda que siempre retoña.


Solo hace falta algún rayo de sol.