Ilustración: Harry Clarke
"I gasped for breath—and yet I heard it. It grew louder—louder—louder! And still the men chatted pleasantly, and smiled. Was it possible they heard not? Almighty God!—no, no! They heard!—they suspected!—they knew!—they were making a mockery of my horror!"
Edgar Allan Poe - The tale-tell heart
Tengo recuerdos.
Hubo un terremoto en Caracas en 1967.
Era niño y, quizás, en aquel momento no tenía suficientes elementos para distinguir con propiedad lo que había pasado.
Los días transcurrieron en mi cuadra, más que como una tragedia, como una especie de feria vecinal en la que los niños teníamos más libertad y algunas actividades organizadas para distraernos y mantenernos tranquilos.
También tengo recuerdos de mi madre, supongo que como casi todos.
Por estos días aciagos, me ha venido mucho aquella palabra que ella usaba cuando pasaba algo grave y, según su opinión, no era debidamente atendido.
Ella decía: “Es una ignominia”.
Yo no alcanzaba a entender el significado, pero sabía que se trataba de algo malo.
Con el tiempo, ya en esta época de asentar los pasos y hacerme más reflexivo que activo, he ido aprendiendo que las palabras son pozos de los que podemos sacar tesoros que enriquecen nuestra comprensión.
Hace una semana viví otro terremoto, después de casi sesenta años, por redondear el número.
Confieso que sentir la tierra estremecerse no me asustó y me dispuso a la acción que estaba a mi alcance en ese momento.
Pero con el paso de los días, el miedo fue llegando como una serpiente que se va enroscando, buscando constreñir, para devorar.
Ando en combate con ese monstruo, que se alimenta de réplicas telúricas, truenos inesperados y, sobre todo, de la dantesca devastación que ha ocurrido tan cerca.
Y vuelve mi vieja con aquello de que “es una ignominia”, y ahora sí la entiendo.
Frías, las letras del diccionario dicen que traduce “afrenta pública”.
Pero en el calor de lo que estamos viviendo, siento que la palabra me asalta para mostrarme el insulto - la afrenta - que recibimos cuando en estos momentos catastróficos y tan trágicos, nos encontramos con las evidencias del desmantelamiento sistemático por quién sabe cuánto tiempo de nuestras capacidades de defensa civil y de respuesta ante eventos tan graves.
La caída de esta careta muestra algo mucho peor que la incompetencia de algunos.
Me parece que evidencia, de una nueva y terrible manera, lo que tantos han venido denunciando a lo largo de varias décadas: el abandono de valores humanos fundamentales y la inmolación progresiva y constante de la nacionalidad en los altares de la codicia y la corrupción.
Y eso, lo entiendo ahora, es una ignominia.
Tantas víctimas que pudieron no haberlo sido habrán de recordárnoslo, al momento en que toque pedir cuentas.
