miércoles, 26 de febrero de 2020

TALA...




Si, lo se. Hay gigantes buenos y gigantes malos.
No me quiero ocupar de los malos, porque no vale la pena.
De siempre traigo cuentos donde vencemos la oscuridad con el apoyo de gigantes que parecen despertar en el último momento, para rescatarnos y salvarnos, permitiendo reencontrarnos con la fuerza que nos habita y resurgir para vencer las sombras.
De todos los gigantes, me viene de mi madre, el aprecio por los árboles, señores indiscutibles de la vida en contemplación, anclados a la tierra por propia voluntad, con ese designio sabio de crecer en todos los sentidos, libres de límites.
Los árboles, que duda cabe, son gigantes buenos y generosos. Viven su paz en los arrullos del viento que les acaricia el follaje, porque el viento también es sabio y agradecido. Viven acogiendo vida y siendo hogar y sustento para todas las demás criaturas. 
A mi me regalan alegría, y festejo su existencia con las risas del alma, que deben ser las más prístinas.
Por eso no entiendo la tala. Me parece un acto criminal, una aberración de la conciencia. 
¿Por qué matar a los gigantes buenos? ¿Dónde habita el sentido de segar a quien protege?
Recorro las calles de mi barrio y miro despojos de vidas cercenadas, aserrín que vuela con la brisa, que quiere borrar el daño irremediable. 
Oigo el lamento de pájaros huérfanos, y las hormigas no quieren hablar sobre la magnitud de su pérdida, desempleadas obreras de las fábricas de bienestar.
Se me aprieta el pecho cuando veo un árbol talado.

sábado, 8 de febrero de 2020

La voz de los iguales

Resultado de imagen de astonished

Son tantos los acontecimientos en este mundo nuestro, signado ahora, no se si irremediablemente, por la instantaneidad.
Parece que todo y de todo pasara al mismo tiempo, y es verdad…
Pero antes, las cosas nos llegaban con pausas y nos dejaban hacer con mayor calma.
No hace nada, en 1830, murió Simón Bolívar en una villa a pocos kilómetros, un acontecimiento que marcó nuestra historia republicana para siempre, y en Venezuela lo supimos dos meses después…
Ahora sabemos lo que están haciendo otros ajenos, en sitios lejanos, en el momento en que se precipitan los acontecimientos, sin tiempo de digerir ni, mucho menos, anticipar las consecuencias o posibles impactos reales sobre nosotros, habitantes de otro rincón del mundo.
De una vez tenemos videos, fotos, audios; reales y editados a conveniencia de cualquier interés.
Aparecen tránsfugas que ocasionan crisis telúricas y se precipitan revoluciones.
Un loco acuchilla extraños en un puente.
Desde China lejana, en una ciudad de cuya existencia no sabíamos nada, muta un virus, y el miedo de morir nos renueva su presencia.
Construyen hospitales gigantes en días.
Si unos aristócratas ingleses deciden cambiar sus hábitos de vida, el asunto se discute en una taberna de Barranquilla o de Ciudad del Cabo, como si ese drama parroquial fuera de cualquier de esos lugares.
Son muestras de nuevas formas de democratización que me confunden.
Creo que en este fenómeno viene, como pasó desde China, un virus terrible.
Tanta cosa simultánea, sin filtros de trascendencia ni importancia, sin criterios de prioridad, nos distrae y desenfoca nuestros intereses, nos aleja del quehacer.
Y entonces, me parece que emerge una manifestación novedosa de la igualdad, un concepto que refleja valorativas complejas y aspiraciones casi eternas de la humanidad, quizás porque cuando hablamos de ella, el aroma de otra noción que creamos los humanos, la de justicia, impregna todo y arriesgamos la intoxicación.
A mi me pasa que al alcanzarme esta nueva forma, esta verificación de la predicha aldea global, se me están revolviendo convicciones.
Y es que no puedo, de verdad, por más que viajo a mis reservas internas, verme igual a un tipo que mata elefantes para traficar marfil, o a una niña a quien mutilan su sexualidad ritualmente, o a unos que manejan drones que aniquilan. Tampoco me veo igual a personas nobles que se inmolan por causas extrañas a mi cotidianidad, o a quienes regresan luego de un año de habitar una estación más allá de la atmósfera, o un puesto en Antártica.
No, lo descubro gracias a ese bombardeo constante de noticias de todas partes, no somos iguales.
Si, somos una misma especie, en el mismo planeta; pero ¿iguales?.
Y si resulta que no lo somos ¿qué pasará?, ¿a dónde nos llevamos la aspiración de que todas la voces pesen igual al momento de decidir nuestro destino?.
¿No es esa, en el fondo, la aspiración democrática? ¿Cuál sería el resultado de que todas las voces pesaran igual cuando haya que votar por el porvenir?
Estoy asaltado con la duda…
De momento, mientras me me voy aclarando, me propondré trabajar en mirar las diferencias y en conciliarlas, bien desde la compasión, bien desde la admiración y el homenaje, tratando de reconocerme en la naturaleza sublime y perversa de las esencias.

sábado, 18 de enero de 2020

De derivas y derroteros...

Este diciembre, de cierre de década, tuve dos conversaciones de importancia personal.
Una con un entrañable amigo, que emergió del pasado universitario y reapareció de repente con un saco de buenas recomendaciones e intenciones constructivas, que crearon la magia del rato maravilloso donde los tiempos se funden y puede uno dejar de tener edad y vivir simplemente, con intensidad rediviva.
Esos momentos son incomparables, porque pasas de la organización de un movimiento político, a una serenata, o de un viaje de playa a proyectos de publicaciones. Se diluyen fronteras y todo aparece en un constante renacer.
Es una reconciliación con la vida.
La otra, prolongada y con vista sobre nuestra querida Caracas, testigo de todo nuestro devenir, la tuve con un hermano que se avienta a nuevos destinos.
No nos damos mucha cuenta, pero vivimos tiempos de despedidas y no conoce uno el alcance de esas cosas que, hasta hace tan poco, parecían ajenas.
Pero, de repente volteas y te das cuenta que faltan hijos y amigos, que consigues gente que te cuenta que le faltan hijos y amigos, o de los viejos que se quedaron solos... 
Es tosco el consuelo de la tecnología, pero consuelo al fin al cabo. Nos deja ilusión de cercanía.
Así toca la década a cierre.
Hace más de setenta años, Ciro Alegría nos reveló que el mundo es ancho y ajeno.
En él debemos ejercer el privilegio de la vida y alumbrar esperanzas de cosas mejores, siempre envueltas en complejidad y con giros insospechados e inesperados.
De eso se trata.
Tengo el privilegio, gigante, de poder compartir cotidianamente con gente talentosa e iluminada, que impulsa mis días más allá de la física que marcan las veinticuatro horas. 
Cada uno, desde su ángulo, me aporta y me ayuda a ejercer la alegría de vivir, que es oficio que me apasiona. 
Agradezco a todos, lejos y cerca.
Pongo un grano de mi en ustedes
que me dan los suyos.
Sea fértil el intercambio y podamos sonreír,
donde quiera que sea...

viernes, 20 de diciembre de 2019

Vargas 1999


Por estos días se cumplieron 20 años de lo que se terminó conociendo como "la tragedia de Vargas". 
Un momento duro, que puso a prueba muchos aspectos de nuestra venezolanidad y, sin duda alguna, removió las fibras emocionales de todos en el país.
Unos días después de los sucesos, fui al Litoral, saqué el requerido salvoconducto y rodé hasta la población de Anare, cerca de Los Caracas, al oriente de La Guaira. Me acompañaron uno de mis hermanos y dos queridos primos, sobrevivientes de esa tragedia.
Fuimos a verlo todo. 
Recorrimos la devastación mediando pocas palabras, sumidos en un silencio pesado, sobrecogidos por la magnitud de aquel espanto repetido kilómetro tras kilómetro.
No siempre la naturaleza es gentil y amable. 
A veces, como en ese momento hace veinte años, nos gruñe y ataca sin piedad para mostrarnos nuestra fragilidad y destronar la altivez con la que podemos tratarla, encumbrados en las torres altísimas que hemos construído para separarnos de ella, olvidando, por obra de nuestra soberbia, que las bases de esas torres reposan en su vientre.
Tiempo después grabé este testimonio con lo que me marcó de la travesía...


domingo, 10 de noviembre de 2019

9 de noviembre...




Noviembre se dibuja frío en el norte. Comienzan a colarse los vientos helados, y esporádicas nevadas son presagio del invierno que vendrá.
Soplan esos vientos y llaman a conmemorar fechas que tienen grandes significados, digo yo sentado en mi trópico, que observa...
El nueve de noviembre marca dos momentos memorables en el suelo alemán. Uno, en 1938, iniciático de desventuras.
En el terror de la noche de los cristales rotos, la intolerancia y la discriminación se desataron en una tormenta que asolaría al mundo y marcaría a la humanidad irremediablemente.
Esa noche presagió la guerra y el holocausto; millones murieron en el fuego desatado.
Esa misma intransigencia construyó un muro para contener las ideas y las añoranzas de las generaciones que emergieron del terror de aquella guerra. Ciento cincuenta y cinco quilómetros de ignominia cruzaron Alemania para partirla en dos. 
Berlín fue emblema de esa barbaridad que duró veintiocho años, hasta que algún vestigio de lucidez y un afortunado accidente de la historia derribó el hormigón insensato.
A veces, pienso en Europa como en un metrónomo que marca el pulso del mundo y la forma como lo voy conociendo. Es el terreno ancestral donde se decide el destino, el tapiz por donde ruedan los dados definitivos del porvenir...
En 1989, el  nueve de noviembre, cayó el muro vergonzoso, y pareció que Europa marcaba un nuevo ritmo de buenaventura, preñado de esperanzas de un futuro mejor, dejando atrás la mezquindad y procurando mayor equidad para equilibrar al mundo, sabedora de los espantos vividos. Alumbró un porvenir extraordinario para el siglo XXI.
Pero no está siendo así, y la Europa vuelve a parir engendros que mueven los cimientos del futuro que quisiéramos. 
Pareciera que las vitrinas volverán a reflejar camisas pardas y que nuevos albañiles siniestros reiniciarán su labor de demonios.
Habrá que sumar mucha energía y la buena voluntad de millones para conjurar la tentación de nuevos abismos.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Escucha


La vida, cuando se va prolongando, nos muestra novedades. 
A quienes nos criamos en las disciplinas de occidente, sometidos al imperio del racionalismo más extremo, la revelación de la escucha es el equivalente a abrir un cofre de tesoros insospechados.
Los años pueden mostrarnos el valor superior de ese acto de entregarnos al otro y dejar que el vaivén de sus sonidos y de sus gestos nos envuelva y nos muestre lo que quiere, nos revele sus propósitos y nos deje ver su corazón, por decirlo de alguna manera.
Siento que, desde una perspectiva racionalista, ese es un acto temerario porque significa renunciar a la seguridad de los propios pensamientos y creencias; esos que se vienen depositando en capas interminables en nuestra mente (y quizás en nuestro espíritu) bajo la forma de conocimientos o convicciones. ¡Es como quitarse la armadura en pleno fragor de la batalla!
Pero resulta que no, que el tiempo enseña que por muy torvos que parezcan los propósitos de los demás, no son ni menos ni más que lo que los nuestros pueden parecerles a ellos. 
Todo es cosa de perspectiva y del ángulo desde donde nos coloquemos para observar.
Ya lo dijo alguien antes: Todo se ve según el color del cristal con que se mira…
Siento que, en el fondo, el asunto es un juicio de las intenciones del otro, y una cierta ceguera particular sobre nuestros motivos, lo que dificulta nuestras posibilidades de acuerdo y, por lo tanto, de avance.
El mundo que regimos los humanos se tambalea más allá de las opiniones de cualquiera. 
Tenemos crisis ecológica globalizada, el oriente medio se asoma de nuevo al abismo del conflicto nuclear; nuestra región, siempre distraída, quiere hablar de derechas y de izquierdas, y en la vieja Europa renace la intolerancia.
De vez en cuando, digo yo, habría que detenerse en una plaza, frente a la fronda de un árbol grande, sentir la brisa colarse y mirar al otro. Tratar de distinguir lo que esa mirada pueda devolvernos.
Quizás allí esté nuestra salvación.


miércoles, 4 de septiembre de 2019

Voces del poder...




Sobre el poder, tengo la noción de que es la capacidad de que tus decisiones transformen las cosas de una manera que afecte a otros en mayor o menor medida.
Es como poseer el destino...
Quizás de allí derive su seducción.
Tengo por cierto que de él hay escalas y dimensiones diversas, unas más locales, otras globales. Unas más congruentes, otras viciosamente desviadas.
Por estos días se reunieron algunos hombres con poder en un foro anual que se realiza en Estados Unidos, denominado Mesa Redonda de los Negocios. Si se pudiera sumar, diría que el peso de la posibilidad de que sus decisiones puedan modificar el destino de la humanidad, es enorme. 
Y declararon cosas importantes, por lo que tienen de distinciones novedosas en ese ámbito.
Dijeron que los resultados para los accionistas no pueden seguir siendo la única ni la última medida del éxito corporativo.
Que es necesario mirar a los otros causahabientes: clientes, trabajadores, proveedores y comunidades, y entregarles buenas cuentas.
Hablaron de la necesidad de generar valor para todos, en función del futuro.
No lean ingenuidad en estas letras, por favor.
Se bien que, tal como lo establece la sabiduría popular, puede ser grande el trecho entre el dicho y el hecho.
Pero no deja de ser alentador que el poder, el de alcance global, distinga posibilidades diferentes y abra, así, un nuevo mundo al reconocimiento de los otros como entidades válidas y valiosas. 
Un mundo más interdependiente se cuela por alguna ventana. 
Los cambios de era, son partos trepidantes, con clamores que resuenan hasta que ya es imposible ignorarlos, y se precipitan cambios radicales, que le mueven el centro a la vida y hacen que los hombres nos redescubramos, y reevaluemos la importancia relativa de nuestra presencia en el sistema.
Emerge un futuro, que resuena en la ecología, y en los centros de creación y conocimiento; que revuelve las posibilidades de acuerdos y negociaciones y las saca de sus tradicionales rituales. 
Emerge un futuro que clama por el reconocimiento de los otros y de lo demás, de la comprensión de que todos formamos parte de algo que nos necesita tanto como nosotros lo necesitamos.
Ni más, ni menos...