sábado, 25 de abril de 2026

4 meses






Imagen generada por IA a partir del texto


El tiempo corre a pasos no lineales.

Ocurre que lo instantáneo y lo eterno  pueden encontrarse en los mismos eventos, dependiendo de la perspectiva de quienes lo viven.

Se trata, sin duda, de una paradoja del sentido de urgencia: se ralentiza para quienes tienen apuro y se acelera para quienes no.

De enero a aquí ha pasado tanto, quizás como siempre, quizás menos o más de lo que haya pasado en cualesquiera otros cuatro meses de cualquier momento, en cualquier parte.

Pero, para mí, en este rincón mío, los hechos de este tiempo parecieran un tropel alucinante que me deja perplejo y desprovisto y, a lo mejor justamente por eso, sumido en la mudez propia de quienes quedan saturados por los excesos de datos sobre acontecimientos cercanos y lejanos que ni siquiera sé porqué me tocan.

¿Qué habrá sido de lo apacible?

En mi provincia el año despuntó con fragor de cañones, y un tirano desapareció entre las nieblas de la pólvora.

Un titán estremecía los mares aplastando vidas en nombre de valores trastocados por la peor de las locuras.

Una araña sombría y torva comenzaba a tejer su red.

Por miles se contaron los muertos en el oriente del mundo y algunos hablaron de maestría estratégica.

Sonaron promesas de mundos mejores, abonadas con muerte y privaciones.

Las pugnas crecen desmedidas y algunos parecen haber olvidado que son efímeros, que el tiempo los borrará inexorablemente.

Los aires supremacistas soplan con fuerza y pareciera que una especie de David demente rompe los faros de la civilización, con una piedra de cinco puntas cargada en el cuero de su honda.

Cruzo los dedos para que uno por lo menos no sea alcanzado.

Se fueron dos gigantes que admiré: Willi Colón, un alquimista que puso al Caribe a vivir en Nueva York,  y Alfredo Bryce, un mago de palabras. 

Artesanos del genio bueno.

La segunda misión Artemisa fue y volvió, y el tamaño de la hazaña no pareció asombrar a más nadie, quizás porque ya no vivimos tiempos de proezas, absortos como estamos en pantallas que alimentan egos y aletargan el espíritu, o quizás, simplemente, porque eso no importa más.

Me vienen sabores de lecturas viejas de Tolkien y de Ende, que enhebraron relatos maravillosos para que siempre prevaleciera el bien.


Ahora quiero pensar en ellos como profetas más que como fabuladores.

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