viernes, 14 de julio de 2017

Algunas preguntas im-pertinentes:

  1. Si me inscribo en la integridad personal, ¿puedo respaldar a quienes gobiernan en corrupción?
  2. Si me siento humanista, ¿puedo argumentar a favor de quienes abusan de la fuerza para acallar a quienes protestan?
  3. Si respeto la diversidad, ¿puedo justificar el sectarismo y la descalificación del otro?
  4. Si creo en la universalidad, ¿puedo despreciar el pensamiento y las ideas que me adversan?
  5. Si me inscribo en las iniciativas de progreso y prosperidad para todos, ¿puedo justificar que se suma a un país en la miseria y el atraso?
  6. Si entiendo que la administración de lo público tiene que hacerse desde la transparencia y la probidad más completas, ¿puedo respaldar a quienes no rinden cuentas sobre los destinos de la tesorería nacional?
  7. Si se que no lo están haciendo bien, y que no muestran disposición a rectificar, ¿hasta dónde y con qué argumentos puedo acompañar?
  8. Cuándo los más claman por cambio, ¿hasta dónde es válido cerrar las vías para que lo logren?
  9. ¿Cuánta incongruencia se puede aguantar antes de perder el sueño?
  10. Cuando los problemas del país son concretos e ineludibles, ¿cuánto resuelven las etiquetas?

 Podría formularme muchas, muchas más, pero: ¿hará falta?

lunes, 17 de marzo de 2014

Las noches de mi capitán


Otra noche de insomnio.
No es el calor de este cuarto sin ventanas, ni el tormento usual por no saber si viene un ascenso o no, cuánta incertidumbre!!. ¿Me meto en el apartamento nuevo, o espero?, ¿viaje al exterior este año, o Margarita, como siempre?. No, no es eso lo que me saca del sueño. Es la otra cosa.
Todavía tengo frescos los días de la academia. Los trotes madrugadores, el orden cerrado. Todavía están conmigo las satisfacciones de las tareas cumplidas, el orgullo y la altivez del uniforme.
No me olvido de la severidad de los cuadros superiores, ni de las veces que juré entre dientes, no repetir las vejaciones a las que unos pocos, borrachos de poder efímero, nos sometían, para “forjarnos el carácter”. 
No duermo bien, y no es el cuartel. Es la otra cosa. 
Recuerdo las comisiones rurales, que me llevaron desde los Andes, hasta la profundidad de las selvas de Amazonas. Cómo olvidar las salidas a expediciones que nos llevaban a conocer la sustancia de nuestra gente, dispersa sobre el territorio de la patria. La picardía de las muchachas, seducidas por la aspereza del verde militar. 
Luego, las ciudades y los pueblos, las primeras posiciones de comando. La posibilidad de probar lo aprendido y de llevar adelante las cosas buenas, con criterio propio, con espíritu castrense. Seguir el camino de nuestros predecesores justos y enmendarle la plana a aquellos que no lo fueron tanto. 
Siempre me he sentido orgulloso de mi carrera y ostento mi graduación con sana altanería. Mis hombres me respetan, y me gusta pensar que me aprecian.
Llevo noches de sueño intermitente y poco reparador. No es el calor ni la espera por el ascenso, es otra cosa que no se definir bien.
Pienso en mis hijas, ya quinceañera la mayor. Despierto pensando en ellas y en lo que estarán haciendo. Tengo ya un mes sin verlas.
No he ido a casa, estamos acuartelados. Las únicas salidas son para llevar los pelotones a reprimir manifestaciones.
Recuerdo las aulas y los profesores disertando sobre estrategia y táctica, recuerdo los repasos de célebres acciones militares. La preparación para defender al país, nuestra soberanía. 
Recuerdo los polígonos y las clases de armas. Recuerdo las clases de ética militar.
No duermo bien estos días. Estoy angustiado porque no logro conciliar mi tránsito de todos estos años, con lo que me toca hacer ahora, todos los días. 
Me despierta el sobresalto en el rostro de un soldado al que ordeno disparar y a quien le digo que corre peligro frente a un enemigo decidido a acabarlo. Me despierta un mirar que, en el fondo, no me cree. Es la expresión subordinada de quien piensa, todavía, que no tiene más remedio que hacer lo que se le ordena, pero que no está muy convencido.
Creo que le cuesta a la tropa distinguir a ese enemigo en el torrente de muchachos enardecidos que no parecen tener miedo y que repelen nuestra fuerza con poco más que piedras, inútiles ante nuestras corazas. Creo que ya no me creen tanto.
Aquí estoy desvelado y mojado por un tenue sudor que no viene del calor, es una emanación de mi interior y se posa en mi piel como una película muy fina. Una película incómoda, que me quita el reposo que necesito y me pone a dar vueltas sobre el catre.
Pienso desordenadamente, no estoy seguro de que lo que estamos haciendo sea correcto; no encuentro nada de lo que aprendí todos estos años en lo que se me pide que haga hoy. Me desconcierta encontrarme en este quehacer ingrato y distinto a como me gusta verme y ver mi oficio.
En el fondo, creo que aspiro a ser reconocido como un líder militar. Uno de esos conductores que llevan sus tropas a la gloria, en la guerra y en la paz. 
Creo que lo que me quita el sueño estas noches es que me esté desviando de ese propósito y que no esté haciendo lo debido para plantearlo como me enseñaron a hacerlo, con asertividad, sin rodeos. 
Creo que no estoy durmiendo bien porque, cuando pienso en mis hijas, no se si se ufanarán de lo que hace su papá y si tendrán historias de orgullo para contarle a mis nietos.
No se, y no puedo dormir.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Steve Jobs

No puedo decir que sea un admirador prolijo. Pocos personajes ocupan mi atención y, todavía menos, me asombran de alguna manera.
Quizás sea un tanto indiferente a esas correrías de lo mundano.
Pero hay gente que, definitivamente, no puede pasar desapercibida. Pisan demasiado fuerte en la historia, como para que no notemos su huella.
Hay personas paradigmáticas y, para mi, Steve Jobs es una de esas.
El mundo en el que vivo, el canal de mis intereses más centrales, fluye por vías que Jobs hizo posibles, porque se empeñó en llevar sus ideas a concreciones inauditas. Impensables hace menos de cincuenta años.
Jobs reunió una mezcla rara de ingenio, profundísimo conocimiento científico técnico, simpatía y carisma personales, con un sentido de lo empresarial, que llevó sus sueños a realidades capaces de transformar al mundo de manera irreversible y benéfica, más allá de lo que la mayoría de la humanidad hubiera creído posible nunca.
Lo máximo de esta hazaña titánica, de esta verdadera revolución mundial, es que fue y sigue siendo, absolutamente desarmada y pacífica. Un raro ejemplo del valor esencial de la palabra construir, en su sentido más puro.
Podría decir que Jobs fue un desmitificador del ave Fénix, porque demostró que para nacer no es necesario hacerlo desde las cenizas de nada ni de nadie.
Para mi ha sido una fuente inagotable de inspiración y un claro definidor de caminos a seguir.
Lamento su partida profundamente y la siento prematura e injusta, como he sentido las partidas de los seres que me han sido cercanos.
Le guardaré un puesto en mis meditaciones.