sábado, 11 de mayo de 2019

Calle trece



Me trasnocho toda la tarde.
Busco el Caribe que me obsesiona,
y recorro su música mágica.
Entre avenidas, desemboco en la calle trece.
Me desvela el deseo de vuelos.
Bato alas que no tengo
y me elevo hasta las alturas de mi imaginería.
Quiero poemas,
convoco letras oportunas
y desemboco en la calle trece.
No se que decir. 
Es difícil hablar del genio que trasciende la costumbre,
lo que rompe,
lo que sale de molde 
y nos empuja a otra parte
desconocida y maravillosa…
Desemboco en Calle trece.
Nada reconcilia el desvelo del Caribe.
La noche embrujada, 
disfrazada de sol de mediodía.
De momento, circulo por la calle trece
y me veo bañado en el sol de media noche,
trastocadas mis coordenadas 
por señales que conocen mis vísceras
sabedoras de esencias de algas saladas
y rumores de olas que sacuden los malecones
de una tranquilidad que finjo.
Hay un faro
de luz incierta
en un punto de la calle trece.

martes, 30 de abril de 2019

Tirar la parada...






La frase no me es ajena, está en las raíces de mi infancia. 
Pero hace unos pocos años me la volvió a traer Enrique Bond, que en paz descanse.
Él, que no se emparentaba con el célebre James, pero si conmigo, llevó la conspiración en su sangre por los poco más de ochenta años que vivió.
Un día me dijo que llega un momento en que a los líderes, quienes llevan el frente de los movimientos difíciles, les toca decidir si la situación está madura para voltear las condiciones y apoyar el cambio que defina el rumbo hacia la visión que ellos proclaman.
El momento de "tirar la parada".
¿Cuántas conversaciones y secretos conciliábulos con gente de luz y de oscuridad?¿cuántos compromisos amarrados al futuro incierto?. 
La jugada  maestra que lo define todo en un lance.
Los que salimos también tiramos nuestra parada, sopesando riesgos y venciendo temores. Pensamos en quienes queremos y en quienes quisiéramos proteger. Pensamos en riesgos de regresar, porque sabíamos que sería una salida diferente.
Saboreamos el miedo...
Ya afuera, en el acre del gas, el mismo de antes, hace cuarenta años (si, pasa el tiempo), el armar del micro mundo, el acordar puntos de encuentro, el sugerir qué hacer si viene la estampida del pánico.
Al final, el juego se decide por la capacidad estratégica de los líderes, y los seguidores contamos con la sensatez de sus acuerdos.
A veces el desenlace no es obvio y solo queda la esperanza de que celebraremos, a la salida de acontecimientos que se desenvuelven enredados en su propio torbellino, inalcanzable por quienes nos movemos en el común.
Solo queda confiar...
Estuvimos en la calle, respondimos al llamado en razón de lo que juzgamos el deber nuestro. Volveremos todas las veces que se nos convoque, pero sin perder de vista que en la realidad política de nuestro momento, como diría el negro Bond, estamos tirando la  parada.

martes, 2 de abril de 2019

Mala siembra...


Arturo Úslar,  un prominente venezolano de su tiempo, que demostró que el talento y la alta competencia se sobreponen a toda adversidad dijo, cuando le presentaron a Hugo Chávez, otro venezolano que demostró que la falta de talento y la imbecilidad pueden crear adversidades más allá de cualquier medida, que se había topado con la ignorancia delirante.
Y fue así. En estos tiempos de oscuranas me viene ese pensamiento de cosa sin solución, porque no vale de mucho mirar sobre ese pasado.
Dicen que debe uno respetar a los muertos, aunque no hayan tenido la dignidad de ganárselo. Es como si el fallecimiento lavara los excesos.
Pero es inevitable recordar a ese desmesurado de la estupidez y la mala fortuna cuando tiene uno que soportar tanta precariedad producto de la peor combinación de ignorancia, soberbia, corrupción e incompetencia que haya conocido la república en su corta vida. 
No puede haber dudas de quien creó estas calamidades.
El megalómano, vencido por la vida, inconforme con el desastre ya sembrado, dejó como sucesor a Nicolás Maduro, de quien la historia no podrá tener compasión.
El país, y esperemos que no la república, se nos viene abajo, mientras este insólito engendro de todo lo peor parece no darse cuenta del supremo desprecio que fomenta y el daño catastrófico que causa.
¿Qué habrá que hacer, qué tendrá que pasar para que cese este pésimo momento?
La sabiduría popular nos propone una sentencia orientadora:
"Amanecerá, y veremos"...
En mi opinión ella entraña una certidumbre inconmovible y de doble entrada. 
Por un lado, sabemos que amanecerá; no existe otra posibilidad. El sol saldrá y seguirá saliendo, sin que ninguna voluntad pueda torcer ese designio. Lo sabemos desde adentro, desde donde nadie puede condicionarnos. 
Esa certeza, vinculada con la otra, la que sentencia que nosotros veremos la luz de ese amanecer, es potente en extremo.
Veremos ese amanecer y lo mejor es que saldremos cada uno a ocuparnos de lo que sabemos y a hacerlo bien, por todos…

lunes, 18 de marzo de 2019

Lo que une...



Por estos días pensaba escribir sobre la situación de Nicolás Maduro.
El drama psicológico de un sujeto que vive sumido en el rechazo colectivo, ya inocultable, público y continuado.
Imaginaba un escrito que recorriera su día, desde el primer enfrentamiento con un espejo íntimo en el sanitario, despuntando la mañana, hasta la vuelta a ese mismo lugar cuando la noche decreta el fin de las actuaciones.
Me lo planteé como una tragedia, donde el Maduro íntimo se desangra por dentro al constatar que nadie lo quiere, mientras mira como las masas recrecen tras la égida de su adversario político.
Pero luego me fui a marchar, y a las concentraciones vecinales que se vienen convocando. Me fui a cumplir con mi parte para seguir demostrando nuestra irrevocable voluntad de que Maduro y lo que él representa, con su circo sangriento y mal montado, se vayan y no vuelvan nunca más.
Me fui a hacer eso y observé. Vi la encarnación de esperanzas y alegrías que afloran espontáneas, vi manifestaciones de muchas emociones y símbolos de todos los puntos de vista. Vi la pluralidad en la protesta viva y altiva. Escuché cantos y voces que claman libertad y gritan un rechazo contundente e incesante.
Entonces ya no me interesó el personaje deleznable y poca cosa que es Maduro, ya ni compasión me inspiró su patética imagen de mal payaso.
En cada concentración, caminando y observando, emergió el símbolo de todo esto, el que nos reúne acobijándonos en nuestras diferencias mayores y menores, para arroparnos con el porvenir que ansiamos y por el que estamos trabajando todos, juntos.
Me vinieron memorias escolares, se filtraron estrofas dormidas en lo recóndito.
Voces infantiles, resonando en mi interior me devolvieron luz y unión, por sobre todo:
" y digo con mi canto
lo que yo aprendí en la escuela,
bandera de Venezuela
porque yo te quiero tanto"...

sábado, 5 de enero de 2019

Ultima thule






Podría decirse que el Cinturón de Kuiper es la puerta trasera del sistema solar, un gigante aro de peñascos que intentaron escapar de una fuerza que terminó derrotándolos y condenándolos a girar en torno suyo por la eternidad.
Hay quien dice que allá nacen los cometas...
Es lo que llaman un confín, a seis millardos de kilómetros de nosotros.
Con 2019, madrugando el primero de enero, un artefacto del hombre, la sonda Nuevos Horizontes, ha alcanzado esas distancias y comenzó a enviarnos sus mensajes y noticias. Llegó a Ultima Thule.
Es un impacto para mi. 
La paradoja es enorme, mientras localmente nos desgarramos en todo tipo de desacuerdos y nos devoramos el planeta, le exhibimos al cosmos un refinado ingenio y una basta curiosidad. 
Queremos saberlo todo sobre el origen, no cesamos de perseguir la quimera del absoluto conocimiento, como si ya no supiéramos que él reside en cada cosa y en todas ellas a la vez...


domingo, 23 de diciembre de 2018

Calamidad...




Vistos desde nuestra esquina del mundo, los japoneses se antojan misteriosos.
Extrañas criaturas de ojos oblicuos, cabello eternamente negro y una lengua indescifrable.
Sus costumbres son raras también. Recientemente tropecé con la reseña de una de esas tradiciones japonesas. Resulta que cada año por esta época, en una especie de resumen colectivo de lo que fue el tiempo que termina, los japoneses hacen una encuesta para escoger, de su extraño alfabeto, el signo que resume el acontecer de este período. Escogieron uno para que un monje calígrafo lo dejara plasmado en algún reverencial rincón de por allá, es el que traduce "desastre".
Si, los japoneses, sin reparos ni falsos pudores, reconocen que 2018 fue un desastre para ellos, que sufrieron múltiples reveses, la mayoría como consecuencia de las fuerzas de la naturaleza, que es mucho menos benigna sobre su archipiélago que sobre nuestra tierra de gracia.
Me quedé pensando, ¿si nosotros saliéramos, de puro noveleros que podemos ser, y nos propusiésemos la misma consulta, que término resultaría ganador?
En mi fuero interno, voté por "calamidad", porque me parece que mi país se bañó en esa agua todo este año, pataleando para no ahogarse.
Pero, viéndolo bien, en la televisión y la prensa oficial; oyéndolo mejor, en las alocuciones del máximo representante del gobierno; pensándolo un poco, me sobrevino la duda: quizás prevalecería algo de otro carácter, otro tono...
No lo supe.
Preferí, entonces, cerrar esta reseña, abriéndole le pregunta a usted, para su interna digestión: ¿cuál es su palabra para 2018?



viernes, 31 de agosto de 2018

¡¡¡Vil!!!
















Vil es degradado, echado a perder...

Estos tiempos son aciagos y miro un envilecerse de cosas que no tendrían que estar así, que no admiten excusas vacuas o distribuciones de culpas. Simplemente no tendrían que estar así, inapelablemente.
Pero están, las echaron a perder, las envilecieron...
La moneda nacional.
La decencia.
La convivencia y la armonía.
Las carreteras.
El mantenimiento y la conservación.
La ecología.
La seguridad.
La dignidad ciudadana.
La producción y la productividad.
El servicio público.
El derecho y la justicia.
La libertad.
La honradez.
La salud.
Los documentos y los trámites.
El respeto.
La vida.
La muerte.
En fin, una inagotable lista que golpea a cualquiera que se aventure fuera de sus recintos por vías reales o virtuales.
Lo miro todo, con mis ojos cargados de años y desde mi alma todavía preñada de ilusiones de mundos mejores y posibles, y me pregunto: ¿hasta cuándo?.