La mesa de los amigos, en un restorán disminuido, como tantas cosas en el correr de estos días...
Entre cervezas se cuela la conversa sabrosa de quienes vienen jalando vida y coincidencias desde hace décadas. Cualquiera que observara la escena desde distancia vería cinco viejos compartiendo...
De achaques hasta nietos, de todo circula por la mesa. Los temas saltan y se sobreponen y se da una atmósfera mágica que permite que se hable de todo al mismo tiempo.
Alguien, uno de esos amigos dispara desde la silla a mi lado: ¿Vas a votar?
Cambia el tono de la mesa, y el jolgorio desordenado, se transforma en una serie de disertaciones que ameritan otra ronda.
Lo clave, dice alguien, es entender que votar es un deber ciudadano y una necesidad impostergable, que si los políticos no están haciendo bien su parte, esa será su responsabilidad ante la sociedad y la historia, pero eso no nos excusa del deber cívico.
Otros hablan de condiciones desventajosas y trampas "cantadas". ¿Para que ir si ya sabemos lo que pasará? y, más allá, si ya la mitad del mundo desconoció el fraude electoral, ¿por qué validarlo con nuestro voto?
En ese momento, lo confieso, me sentí realmente confundido, sin saber hacia dónde dirigir mi opinión. Dije: no se, tengo que pensarlo más.
Y eso llevo haciendo toda una semana. Esa conversación entre viejos amigos, me ha llevado a recorrer opiniones y enfrentamientos de todas clases.
En algún punto encontré el elemento clave, que me sacó de dudas.
Me di cuenta de que todo esto es una distracción que no debemos permitirnos, a riesgo de pagar precios demasiado altos para la conciencia ciudadana.
Que, por arte de enredos, no se si espontáneos o cuidadosamente diseñados, estamos metidos en una discusión árida. Que dejamos de distinguir el objetivo primordial que debe ocupar a esa porción del país que se ubicó en la oposición a este gobierno de pesadilla.
Me vino claro: el único objetivo de esta etapa, la prioridad absoluta, debe ser salir de este gobierno.
En este momento, lo que está sobre la mesa es un candidato opositor.
No discutiré aquí si bueno o malo, o que tan oportuno. Simplemente, un candidato.
Una opción para salir de lo que existe ahora.
Esa es la prioridad. La mía, por lo menos.
Ese almuerzo de amigos me trajo claridad.
Ya se en que estaré ocupado el veinte de mayo.
Espacio para compartir lo que veo y lo que siento, según como me va llegando. Convencido como estoy, de que no se cierran los círculos mientras no nos mostramos al mundo...
martes, 8 de mayo de 2018
sábado, 21 de abril de 2018
Culposo
La idea viene dando vueltas, posándose brevemente y volando de nuevo, distrayéndose con el tráfago de los días.
Pero vuelve, insistente, buscando su destino en estas letras que, ahora, parece que se ocuparán de liberarla.
Es que las noticias rodean nuestro quehacer con tanto infortunio: niños que mueren, violentos que atropellan a gente indefensa, ladrones de cualquier calaña, automóviles lisiados, monedas desahuciadas; tanto, tanto infortunio indebido, inmerecido.
Crecí en la idea de la responsabilidad. En la de que cada quien debe hacerse cargo de las consecuencias de sus actos; que nadie puede eludir lo que sus decisiones le vayan trayendo. Al final, esas consecuencias vendrán a tocar tu puerta.
Mi país navega aguas turbias y va quedando relegado en el concierto del mundo occidental, que también suena un tanto desafinado por estos días...
No hay consuelo, ni excusa. Las aguas se salieron de madre y quién sabe cuándo se encauzarán de nuevo.
Creo que cuando todas las trágicas consecuencias de este tiempo aciago, toquen a la puerta de quienes tomaron las decisiones que trajeron al país a esta incierta desembocadura, tendrán ellos que abrirles para reconocer su indolencia en los ojos cansados, seguramente tristes y, ojalá no, ávidos por devolver el golpe.
domingo, 24 de diciembre de 2017
Navidad 2017
Por la cuadra donde vivo sopla brisa fría, invita al abrigo y las infusiones.
Esta Navidad vino desleída en este rincón del mundo que es mi pueblo.
Es que aprieta una oscurana, prolongada en demasía.
Es deber rescatar la alegría y traer luz que aclare los espacios negados.
Es deber brindar por la certeza de que el mundo será mejor.
Según la sabia conseja, es bueno emprender antes del amanecer para ir por el sol en el hacer del camino.
Aperémonos pues de buena lumbre y aventuremos los pasos que nos lleven al encuentro del día, que está allí de seguro para envolvernos en su calor y regalarnos esperanza e ilusiones.
Ya irá por nuestra cuenta lo que de ellas cuaje…
Salud!!!
sábado, 9 de diciembre de 2017
Precario
Circulo por caminos oscuros, aunque adivino postes de luz extinta en los bordes de la carretera, sembrada de cráteres inesperados. Voy en automóviles destartalados por el olvido.
Un cantante busca fondos para aferrarse a la vida. Pide disculpas por su estado y deja que su voz desgarrada concite emoción.
Filas de gente aparecen en todos mis días. Filas largas, como sables de resignación.
Parece que ya nadie supiera qué hace allí. Solo importa estar y ver qué espera en el filo.
Las cloacas de la ciudad botan su agua corrupta sobre el pavimento que se corroe callado, como si ya no importara la barbarie.
Las salas de los hospitales son antesalas de las funerarias.
Las escuelas cierran el pensamiento, como cierran sus puertas...
Aparecen carnets panacea, credenciales de una identidad impuesta, que subyuga a los necesitados.
La precariedad es un cuchillo artero que se hunde para herirlo todo.
sábado, 7 de octubre de 2017
María la Bollera
¿Quién tiene la culpa?
María la Bollera…
Ricardo Portillo
En los setentas venezolanos del siglo pasado la gaita, esa expresión de zulianidad que acabó envolviéndonos a todos, tuvo un momento de renovación que marcó una agrupación histórica: Guaco.
Y en 1976, colado en esos predios, un gaitero de estatura, Ricardo Portillo, nos regaló la primera de muchas y buenas versiones de su María la Bollera.
La canción discurre, picaresca, por varias estampas populares que tienen de protagonista a María la Bollera, preguntándose entre estrofas, “¿quién tiene la culpa?”.
Pues bien, aquí me encuentro más de cuarenta años después, oyendo el estribillo una y otra vez, solo que sin las sonoridades pegajosas de la buena gaita, ni la solución de la Bollera.
Escucho diariamente que la culpa es de la guerra económica, o del bloqueo, o de El Niño, o de la derecha, o el imperialismo, o, o, o…
Alguien o algo, siempre externo a quienes tienen las responsabilidades de gobierno y de administración pública, tiene la culpa de todas las miserias y tragedias de Venezuela.
No hay manera de que los personeros de este circo mal montado asuman la responsabilidad de nada.
En mi recorrido he aprendido algunas cosas sobre los comportamientos de las personas y de los ensayos para entenderlos. Uno de esos tiene que ver con esa forma particular de pretender escudar cualquier falla, deficiencia o error, con el señalamiento de “culpables” que, obviamente, no son nunca las personas que aparecen claramente envueltas en el desatino. Siempre son otros quienes tienen la culpa.
Aprendí a distinguir en eso una manera de disfrazar la propia incompetencia, la incapacidad para atender cualquier cosa con un mínimo de eficacia, la inhabilidad para entregar resultados. Se les hace más fácil a este tipo de personajes señalar a otros que mirarse a sí mismos, y eso es signo de extrema pobreza espiritual.
En manos de gente así, no es de extrañar que marchemos tan a la deriva.
Si no por otros motivos, que también los hay en abundancia, esto nos debería bastar para encontrar la manera de cambiar esa dirigencia de incompetentes.
Hay que estar pendientes, porque María la Bollera anda suelta y alborotada!!
sábado, 30 de septiembre de 2017
Onanismo verbal
No cesa mi estupor.
Parece increíble que casi veinte años después no tenga yo la capacidad de procesar la cantidad de vaciedades que brotan de cualquier intervención oficial, sobre cualquier tema.
Es posible que ello tenga que ver conmigo, con mis sesgos y mis prejuicios. Ya a estas alturas de la vida he comprendido que solo podemos percibir nuestra propia versión de la realidad, que somos filtros interesados de lo que vivimos.
Pero, sea cual fuere el caso, me parece increíble que se puedan poner tantas palabras juntas para describir mundos virtuales, pretendiendo que son concretos y tangibles.
Oigo funcionarios de todo nivel que hablan de un mundo desconocido para mi: una Venezuela camino a convertirse en una potencia, un país libre de analfabetismo, una nación pujante que se está labrando un futuro luminoso. Oigo hablar de salud, educación, empleo, bienestar, prosperidad. Escucho discursos de amor y de paz.
Les escucho hablar y hablar, y aplaudir y aplaudir; pero no se qué pasa.
Porque cuando salgo a la calle, no encuentro nada de eso. Más bien mucho que parece lo contrario. Es un raro fenómeno.
Además, a veces en serio y, las más de las veces con sorna, trato de verificar con otros que deambulan por la misma circunstancia.
No todos dicen, pero si ofrecen un mirar casi siempre nublado, y siempre triste.
Las bocas y los ojos que encuentro mayoritariamente hablan en códigos trágicos y decepcionados.
Cuando me asomo al país, miro hambre, enfermedad, pobreza, necesidad, distanciamientos y rupturas, corrupción generalizada.
Tantas cosas que alejan las posibilidades de prosperidad.
Veo precariedad generalizada.
De auto complacerse, la humanidad ha hecho elogios y condenas.
“Los tocamientos impuros te dejarán ciego”, diría Serrat…
lunes, 31 de julio de 2017
500 metros...
Números, muchos números de diferente índole: 15 son los muertos reportados, más de 8 millones los votos, 30 la fecha, 120 los días de esta etapa de manifestaciones de descontento popular.
Verdades y mentiras que se visten con números, para acomodar realidades a conveniencias.
A mi se me queda el número 500, el de los metros que el régimen dispuso para alejar a la prensa de sus centros de votación, me queda ese número como una referencia indiscutible.
El juicio de la transparencia es fundamental para dar validez a las proclamas de quienes quieren ser seguidos, quienes quieren liderar.
Estimo que si el líder no se presenta como persona transparente, su conducción es turbia y puede llevarnos por malos e inciertos caminos. Ya la sabiduría popular se encargó de sentenciarlo con una máxima de la prudencia: "En la duda, abstente".
Es lo que voy a hacer.
Quienes proclamaron que era necesaria la elección de representantes a una asamblea constituyente, que apareció de repente en el fondo del sombrero de un mago de baja categoría, que fue torpe hasta para sacarla, cuando vieron que casi nadie les creía, decidieron decretarla como obligación, a fuerza de represión y amenaza, e impusieron un cerco de 500 metros para que los reporteros no pudiesen reportar.
En vista de eso, optaré por no creer en sus números, optaré por pensar que mienten.
A mi juicio, esta es una de las mentiras más serias que ha dicho el régimen (aunque podrían superarse, tanta es la estupidez que me demuestran), y nos plantea perspectivas desalentadoras, encubiertas en discursos plagados de adjetivos innecesarios, que solo denotan mediocridad, evidencias adelantadas de las resultas que cabrá esperar de los conciliábulos que están por comenzar.
Asistiremos a un circo vergonzoso.
En su momento caerá la carpa sobre los payasos y los enanos.
Habrá que recoger el desastre, para comenzar mejores días...
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